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Juana, la superviviente de la masacre de Bojayá que ahora es empresaria artesanal

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Bogotá D.C.
26 Febrero 2014

A esta líder de la asociación ‘2 de mayo’, de Quibdó, la vida le cambió luego de haber sufrido la desaparición de uno de sus hijos y la muerte de otro de ellos.

En medio de los 600 delegados nacionales de las comunidades negras, palenqueras, raizales y afrocolombianas que se reunieron en Bogotá, para la conformación del Espacio Nacional de Consulta Previa, se destacó Juana Francisca Mosquera Mosquera. Una mujer de 45 años a quien la vida le ha dado golpes certeros.

Juana Francisca, de cuerpo macizo y mirada penetrante, es una de las líderes que pasó por la capital e hizo parte del evento que buscaba garantizar la participación de las comunidades en el Plan de Desarrollo Nacional.

Detrás de esa persona, madre de familia, hay una 'Vida al Interior' que vale la pena conocer.

Corría el año 2002 cuando el calendario, amarillo ya por los rayos del sol que entraban a la cocina de la casa paterna de Francisca, anunciaba lo que sería un fatídico jueves 2 de mayo. Un ataque violento de las Farc al municipio de Bojayá, Chocó, dejó 117 personas muertas, entre ellas 47 niños. El hecho causó indignación en todo el país y dolor en más de un centenar de familias quienes hacían parte de los 1.100 habitantes que vivían en aquel momento en el lugar de la tragedia.

“Pese a lo que sucedió y a que perdí un par de primos, yo no me quería ir de Bojayá. No había hecho nada malo y tampoco quería dejar mi familia”, recuerda Francisca, quien agrega cómo se dio su partida de aquel lugar: “Me llamaron algunos tíos y me dijeron que debía irme, que uno no tenía que hacer algo malo para que lo mataran, ellos fueron los que me convencieron de irme para Quibdó”.

Una semana después de la masacre, ya en la capital de Chocó, Juana, quien se convertiría en otra víctima del desplazamiento, comenzó una nueva vida. En medio del dolor, pero convencida de que la vida sigue se instaló con sus seis hijos: Jerónimo, Kelly, Diana, Arcadio, Ober y Karen, y también con su esposo Édgar. Pero la ilusión no duró mucho. La vida volvió a golpear a Juana: su esposo fue asesinado, su hija Karen (hoy de 23 años) fue ultrajada, Jerónimo, su hijo mayor, desapareció, y Arcadio, su cuarto hijo, murió.

“En Quibdó las cosas no cambiaron mucho, a mi esposo lo mataron, mi hija Karen fue violada y mi hijo mayor, Jerónimo, desapareció. Hace ocho años no sé de él, guardo la esperanza que aún lo pueda volver a ver. Hace unos años me dijeron que habían visto a alguien muy parecido a Jerónimo en el Valle del Cauca, pero no fue así”, cuenta Juana, con voz entrecortada y en medio de lágrimas por la ausencia de su hijo mayor.

‘Las artesanías, su nuevo gran amor’

Estos son los tipos de artesanías, collar, manillas y diademas, que hace Juan Francisca.

Un año después de la muerte de su esposo, en 2005, Juana, una guerrera que nunca ha bajado los brazos y con el anhelo de seguir firme en la vida, decidió ingresar a unos cursos que dictaba el Sena en Quibdó. Su anhelo era aprender diversas técnicas para realizar artesanías, lo que le permitiría ganar dinero para sacar adelante a los cuatro hijos que le quedan.

“Recuerdo con mucho cariño a mi profesora Graciela, ella se esmeraba para que yo pudiera aprender a trabajar con diversos elementos. Eso sí, el que a mí más me gusta son las ‘chaquiras’”, un elemento, de diversos colores, que se utiliza para hacer collares, manillas, colgantes, diademas, que se han convertido en sus especialidades.

“Luego de que aprendí a hacer todos esos accesorios, me organicé para venderlos y ya no paro. Siempre que viajo a Bogotá aprovecho para ir a comprar materiales ya que allá son más baratos, en Quibdó me cuestan más”, cuenta Juana, quien carga en su bolso muestras de todo lo que hace para vender.

“Las manillas cuestan 60 mil pesos, los bolsos pueden salir a 120 mil, las diademas a 50 mil”, dice la protagonista de esta historia en medio de una sonrisa que comienza a aparecer en su cara, poco a poco, al mostrar con orgullo cada elemento que elabora.

“A mucha gente de la comunidad afrocolombiana le vendo lo que hago, también a mis amigos en Quibdó que compran y le gustan las artesanías”, acota Juana, quien reconoce que lo que más vende son las manillas y los collares.

Incluso, de tanto trabajar dichas artesanías en casa, el gusto se le transmitió a una de sus hijas: “Karen me mira y me pregunta por lo que hago. Ella se ha animado a hacer algunas cositas y eso me alegra. El resto de mis hijos no le gusta mucho”, expresa la mamá orgullosa, quien abre sus ojos y vuelve a sonreír.

Esta colombiana, al mismo tiempo y en medio de las reuniones que se llevaron a cabo en Bogotá, valoró lo hecho por el Ministerio del Interior, al traerla a la capital para la toma de decisiones entre los grupos étnicos. Juana, quien es considerada como un ejemplo a seguir por todos los obstáculos superados y tiene el respeto del grupo que representa, asegura:

"Que el gobierno nos traiga para adelantar procesos de integración entre las comunidades es muy importante, al igual que hayan ido a las regiones. Es muy bueno que construyamos memoria de la mano de ellos", apuntó.

Parece que los tiempos malos ya se fueron y se alejaron de Juana, quien pese a los fuertes golpes recibidos abre su corazón y asegura: “Yo estoy dispuesta a perdonar a la gente que mató a mis hijos, a mi esposo. Creo que para que el país funcione debemos estar unidos y reconciliarnos. Yo me guardé muchas cosas que me hicieron daño por todo lo que sufrí, pero poco a poco he ido expresando todos esos dolores y varios problemas me han desaparecido”.

Juana Francisca no olvida lo vivido y lo que ha sufrido, pero ahora es otra persona. Tiene sueños, pese a los golpes sufridos está con fuerza para perdonar y continuar por un nuevo camino que ha sabido construir y del que vive orgullosa. Por ahora, sonríe gracias a sus artesanías, a todo lo que hace con ellas. A sus diseños y a la nueva oportunidad que la vida le dio y que está aprovechando día a día.

Por: Leonardo A. Duque Soto